Capítulo VII
SUS ÚLTIMAS CARTAS
Conservamos cuatro cartas de Andrés Coindre escritas desde Blois en 1826, dos de ellas fechadas el 25 de febrero, otra el 26 de marzo y la última el 3 de mayo, una semana antes de los primeros signos de su trastorno.
Una de ellas es un mensaje personal al Hermano Louis de Pradelles, en un intento de reencaminarlo y evitar que dejara su vocación. Las otras tres son cartas dirigidas al Hermano Borgia, su mano derecha y director general del Instituto, en las que hace un seguimiento de los asuntos de la congregación y de circunstancias particulares de los hermanos. En conjunto, nos permiten constatar que nuestro fundador estuvo hasta el último momento al tanto de todas las situaciones y no dejó nunca de preocuparse y ocuparse de nosotros. Aún en la lejanía, Andrés seguía pensando y velando como un padre por sus hijos.
Vamos a rescatar algunos párrafos de estas cartas que nos permiten entender un poco más la situación anímica de nuestro fundador en Blois; lo haremos cronológicamente. En primer lugar, fijémonos en estos dos párrafos hacia el final de la carta dirigida al Hermano Borgia el 25 de febrero de 1826:
Me ocuparé de las Reglas2 cuando tenga un momento de respiro. No paro en todo el día, como un desdichado. Tendré que examinar de filosofía y de teología a nuestros seminaristas y hace ya trece años que no he visto estas materias. Añada a esto la administración, la correspondencia, las pláticas y orientaciones que tengo que dar cada semana, las diaconales que tendremos en Pascua y verá si puedo hacer todo eso. Sin embargo, he enviado al Padre Montagnac la Regla de los Misioneros en diez grandes folios.
A su entera disposición. Muchos saludos a mi madre y a la Señora Pallière. Ya se pasaron mis dolores de gota. Me encomiendo a las oraciones de todos nuestros hermanos. Alabado sea Jesucristo.
(…)
Tengo mucha prisa.
Vemos claramente a un hombre sobrecargado de tareas, no sólo físicas sino, sobre todo, intelectuales. Dice haber mandado una Regla a su sucesor como superior de los misioneros de Monistrol, el Padre Romain Montagnac; se infiere que debe ser un documento nuevo, diferente al que ya escribió para ellos en 1824, pero no se conserva este texto al que hace referencia.
La alusión a los dolores de gota es interesante porque es la única vez que él mismo menciona esta enfermedad en sus cartas. Sin embargo, ya en mayo de 1819, durante los primeros días de un retiro que predicó en la cárcel de San José de Lyon junto al Padre Furnion, había sufrido un ataque muy fuerte, “hasta el punto de no poder caminar”, según lo describió en una carta otro sacerdote, el Padre Mioland, y como quedó registrado en los archivos de los misioneros. Por tanto, esta enfermedad era una vieja compañera de nuestro fundador, aunque no tuviera costumbre de quejarse.
Por otra parte, era normal que Andrés incluyera al final de sus cartas al Hermano Borgia saludos para su madre, su hermana y su hermano (su padre había fallecido en 1818, poco después de comprar entre ambos la propiedad del Pío Socorro). Estos saludos atestiguan dos cosas: la cercanía y confianza que tenía con el Hermano Borgia, por un lado, y que su familia de sangre tenía una interacción cotidiana con sus hermanos en el Espíritu. Ambas cosas eran posibles porque su madre y su hermano vivían en la que hoy se conoce como “Maison Coindre”, una pequeña edificación al costado del que fue el Pío Socorro, actualmente residencia de la comunidad de hermanos y con anterioridad sede del CIAC (Centro Internacional Andrés Coindre). La Sra. Pallière que se menciona es su hermana, María Marta Coindre, llamada por su nombre de casada.
Pero, cuando ya parece que ha terminado la carta y se está despidiendo, retoma otros temas que estaban pendientes y que seguramente recordó en ese preciso momento. Después hace una segunda y rápida despedida, tras la cual añade una postdata con más temas de orden práctico y, finalmente, culmina la misiva con un muy significativo: “Tengo mucha prisa”.
Aunque dejamos de lado esos párrafos cuyo contenido no resulta ahora de nuestro interés, sí nos sirven para comprobar que era un hombre sumamente atareado y que su mente bullía con muchos temas diferentes. Este final no hace sino poner en palabras lo que ya era evidente en la propia redacción de la carta.
Parte de esa prisa puede explicarse porque ese mismo día escribió una segunda carta, en este caso al Hermano Louis de Pradelles, que se encontraba sumergido en una crisis vocacional. En la misma, como “el más afectuoso de los padres”, da consejos al hermano y lo exhorta a seguir a Cristo. A nosotros nos resulta especialmente interesante el penúltimo párrafo:
Pero San Juan dice: “El que hace la voluntad de Dios permanece eternamente.” La hace en la juventud, la hará en la edad madura y en la vejez, si llega. No será inconstante. Su alimento es hacer la voluntad de su Padre celestial que no cambia. No tiene que arrepentirse de nada en los últimos instantes de su vida, pues ha hecho siempre lo que tenía que hacer, ha amado a Dios, ha servido al prójimo, ha mortificado sus pasiones; se va de este mundo como un campeón que va a recibir el premio que ha merecido y su galardón es imperecedero.
Estas líneas parecen premonitorias, casi un testamento espiritual de alguien que en tres meses va a ir al encuentro de Dios. Invito a leer de nuevo el párrafo anterior, pero como si Andrés se estuviera refiriendo a sí mismo, ¡es sobrecogedor!
Por otra parte, en la carta al Hermano Borgia del 26 de marzo, un mes después de las anteriores, en medio del tratamiento de aspectos muy concretos, el Padre Coindre introduce una reflexión que, a la vista de su muerte que sucederá poco más de dos meses después, adquiere especial relevancia para nosotros. Leámosla también como si estuviera hablando de sí mismo:
No se atormente. Los superiores siempre tienen preocupaciones; es un peso, una carga que hay que llevar. No es un puesto para sentarse. La Cruz del Salvador era más pesada; es preciso sufrir con Él para entrar en la gloria; y usted no ha sido todavía vendido, ni traicionado, ni abandonado, ni crucificado por sus hermanos como lo fue Él por sus discípulos y sus criaturas.
Cuantas más desdichas tenga, más se asemejará a su Salvador. En esta tierra no existe el descanso, sino la lucha. Los que están a la cabeza tienen más pelea que los demás, pero también tienen más mérito en la victoria de la batalla. Hay que trabajar por mantener la unión con Dios no para disfrutar del goce de la paz, sino para sostenerse en el ardor del combate. La paz total la tendremos en el otro mundo.
Si Coindre era capaz de escribir estas palabras al Hermano Borgia era porque él mismo las había experimentado y sabía que eran verdad: su nuevo puesto en Blois no era un lugar de descanso y placidez, sino un nuevo puesto de batalla desde donde se entregaba por completo al combate, llevando la carga más pesada. Se refuerza el perfil que ya hemos descubierto en él: un hombre de acción, de una espiritualidad encarnada, totalmente entregado aún a costa de su descanso y tranquilidad.
Llegamos así a su última carta, del 3 de mayo de 1826, la proximidad con el inicio de sus desvaríos, que comenzaron el 10 de mayo, nos indica que probablemente haya sido su último escrito en plena posesión de sus facultades. Hay tres aspectos a resaltar.
El primero de ellos es que abre abruptamente hablando sobre cómo el Padre Simon Cattet, vicario general de Lyon encargado de la educación, quiere fusionarnos con los Hermanos Maristas. Sabemos por otras fuentes que los había visitado en La Valla y estaba muy descontento con lo que vio allí. Está claro que el Padre Coindre no quiere saber nada con esta fusión que finalmente fue desestimada por el consejo del arzobispado unos meses después. Es interesante que en su última carta el fundador defienda nuestra integridad e independencia:
El carácter inquieto del Padre C. nos indica el comportamiento que tenemos que adoptar. Hay hombres que quieren deshacerlo todo para rehacerlo a su manera. Desconfiemos de tal modo de proceder. En la naturaleza no se puede rehacer nada de lo que se ha ido elaborando sin una destrucción total; y todavía más, no se puede asegurar que lo que ha sido reducido a polvo vuelva a aparecer en la contextura de una nueva producción. Lo mismo ocurre con las obras de la gracia. Pensar en tales fusiones muestra conocer poco a los hombres y las obras de Dios. Es como si se quisiera fusionar todas las familias para no hacer más que una, todos los estados para no hacer más que uno.
Ya hacia el final de la carta aparece otra reflexión que podría ser para nosotros casi como un legado, como un último mandato o recomendación del fundador, válido hasta la actualidad:
Temo que tengamos que cerrar algunos de nuestros establecimientos por falta de dinero. Pero habrá que impedir sobre todo que desaparezcan por falta de virtud y de ciencia, y todo nos irá bien.
Finalmente, la carta cierra con estas sencillas palabras que son las últimas que los hermanos, por intermedio del Hermano Borgia, recibimos del buen Padre Andrés:
A su entera disposición. Muchos saludos a mi madre, a mi hermano y a la Señora Pallière.
Su padre.
Ciertamente Andrés Coindre era un padre para ellos en el pleno sentido de la palabra, aunque a nosotros nos cueste un poco más considerarlo así. A diferencia de otras congregaciones que han tenido siempre presente y han ensalzado, a veces en exceso, la figura de su fundador, nosotros hemos ido en sentido contrario durante muchos años. Ojalá que este bicentenario nos ayude a volver a sentirlo como un padre y a recordar todo lo que Dios hizo en nosotros por medio de él, porque, junto a San Pablo, Andrés nos dice: “Evidentemente ustedes son una carta que Cristo escribió por intermedio nuestro, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente, no en tablas de piedra, sino de carne, es decir, en los corazones” (2 Co 3, 3).